sábado, 14 de noviembre de 2009

¡El Miedo! Ese legado de la vida salvaje al cual ningún animal puede sustraerse ni cambiarlo por la sopa boba de la domesticidad.

JACK LONDON, Colmillo Blanco

“Estaba acostado, junto a las hormigas y dios sabe que más, con los parpados caídos y el cuerpo cubierto de hojas largas y oscuras, esperando a que el diluvio llegue a su fin. Todo estaba calmo en la noche allí en la selva, sólo grillos, y algún puma se hacía temer por sus alaridos triunfantes.”

“Yo veía caer las gotas sobre mi sombrero, mientras seguía apuntando mi rifle hacia la penumbra de los tambores. La aldea parecía estar callada, y sus hombres permanecían de guardia hasta el grito del amanecer rojizo, como ya había notado las noches anteriores. Mi vista se nublaba y caía de vez en cuando, pero la clave era vigilar, estar atento a la mira y descifrar sus movimientos.”

“Y llegó el momento, en el medio de la oscura noche, en el cual mis ojos no soportaron y me entregaron un sueño psicodélico, donde yo giraba, desnudo, entre nubes de papel y soles de muchos colores, y corría a través de mi la sangre de un desconocido, yo no era mi cuerpo, era mi mente.”

“Descubría que mi madre era realmente española, y que mi padre le robaba besos cerca del puerto de palma…”

“Y en el sueño aparecía también un mosquito gigante, que en el cielo de un jardín desconocido, en un lugar indescifrable, me acechaba, hasta que lo maté con la mano, y me desperté, con una picadura en el cuello y mi mano en él.”

“Me puse barro sobre la picadura, ya que reposaba sobre un lodazal. Cuando volví la mirada hacia la aldea, los guardias no estaban, el fuego de las antorchas que cercaban las chozas altas de paja y troncos se habían extinguido, y sólo una luz permanecía, y se encontraba dentro de la más grande, donde el líder de esa gente reposaba en silencio.”

“Ahora si, ningún silencio se comparaba con ese mismo (atroz) de esa parte de la noche. El rifle se me resbalaba de las manos, cansadas de sostener su peso, cada vez más agobiante. Decidí enriquecer mi estomago, o solo calmar sus ruidos quemantes con algún fruto exótico que predominaba en las copas de esas criaturas verdes arriba de mi sien. Produje un movimiento muy suave e insonoro que no despertó a nadie allí abajo, aunque la distancia entre las chozas altas y mi posición en esa cornisa era bastante amplia. Dejé mi rifle entre esa cama de hojas que era mi camuflaje, y me trepé bastante sigiloso a un árbol a mi derecha, en el cual colgaba un manjar de fruto, color rojo y de forma de pera, con un sabor dulce y que daba energía, nutritivo y energizado.”

“Lentamente, desenvainé mi cuchillo y arranqué un par de esos frutos, y en un segundo, mi cuerpo se desvío de su curso descendente, y caí al piso con la espalda, sobre el cuerpo de mi rifle, emitiendo un sonido fuerte, y aguantando el dolor no grité…”

“Debía despabilarme, dejar de hablarle a los árboles, no dormirme sobre mis pasos, y gozar del grito del silencio. Allí abajo no sucedía nada, cuando ya percibía que en unas horas estaríamos de día. Me acuerdo exactamente lo que pensaba, porque fue un lugar, un ambiente, un aire espeso e insano que daba la sensación de estar arrodillado frente a las puertas del infierno mismo. Así que me es imposible olvidar de tan minucioso trabajo, tan inexpresivo y agobiante, tan silencioso que daba miedo. No sabía como hacer que el tiempo pase, era una locura estar allí todavía, en la misma posición que hace 3 días, sin disparar una bala, sin ser descubierto. Me impresionaba haber estado tanto tiempo ahí, dejando los especimenes crecer frente a mis narices, contemplando desde una alta cornisa, a través de un colchón de hojas sobre mí, como el hombre devoraba al hombre, como la naturaleza misma respondía con intenciones macabras.“

“Y yo pensaba: ¿que estaría haciendo, de vuelta en el campo, con Marta y los niños durmiendo, el fuego ardiente y sus escupitajos por la chimenea? Pensaba en que todavía tenía que arreglar la puerta que Marta odia escuchar chillar, y jugar a los caballeros de la mesa redonda con Juan, pero eso era lejos.”

“Me puse a organizar mis instrumentos de supervivencia, las dos cantimploras, el cuchillo, los innumerables cartuchos de mi rifle, el arma corta, ropa seca, algún que otro utensilio para enriquecer mi cobertura. ¡Ah, si! También estaba el pequeño lugar vivo de mis pensamientos escritos, el librito hecho de hojas de árbol, que iluminaba una radiación poética delirante, unos versos de mis épocas con fiebres altas, también una pluma y un recipiente con poca tinta, suficiente para escribir una nota de despedida.”

“Todavía tengo ese librillo, está destruido por los años, pero se pueden rescatar versos apócrifos y relatos cortos…”

“De los que se pudieron salvar del tiempo inminente e imparable, del único curso real de la existencia, son estos:

Khimön· y sus recuerdos

Hubo una vez en mi conciencia

Una tranquilidad, al son de una hermosa tonada

Y pude sentarme a oír la melodía

(Dulce y tenebrosa)

Y mirar hacia el mar, hecho un cristal…

Hacia la puerta

Hay un sendero gris

No me quiero ir

Pero sin vacilar

Caigo en su delicia

Y debo irme…

Khimön· y sus pensamientos

Todos somos ahora

Lo que alguna vez fuimos

Volvemos a sentir

Aquello que nos adormecía

Todos somos ahora

Entonces no hay remedio

Nacimos con la imposibilidad

De quedarnos quietos…”

“Un detalle que siempre resalto, es el paréntesis, tan poderoso a veces, que encima despliega: (Dulce y tenebrosa)…”

“Dando una especie de pincelada psicodélica y loca, mientras me seguía aferrando a la parafernalia de hablar sobre lo que escribo.”

“Me acuerdo que después de contar todas las cosas, verificando el estado de todo, y haciéndolo con un silencio y unos movimientos realmente admirables, que hoy en día no podría hacer dado el arrastre de la existencia hacia la vejez y el decrecimiento, me senté a la derecha, sobre el gran árbol de los frutos con forma de pera. El cambio de posición me ayudó a que mi espalda, es mas, mi cuerpo entero diga gracias y pueda relajarse de haber estado tanto tiempo en la misma postura. Estaba sentado de espaldas a la caída de la cornisa, y por lo tanto, a la aldea de las chozas de paja altas. Al frente mío, yacía el camino por donde llegué hasta ese punto específico, que me había recomendado un viejo amigo, hombre de misiones, visionario también, de la vieja camada. Era un pasillo por entre las cumbres altas de la montaña tropical y espesa, con miles de roedores y serpientes, un puma o dos e insectos como para una muestra de ciencia. Ese pasillo, tapado por las grandes hojas de una planta a la derecha (justo al borde del mismo), dirigía a la “civilización”, o diría yo, a la verdadera jungla, las colonias, la reina y su reino, dios y su ayuda allí en algún lado.”

“Esa pequeña cornisa donde habitaba solamente mi tedioso cuerpo contenía sólo un semicírculo, con el árbol grande de frutos con forma de pera (pero que no eran peras), otra planta igual a la que escondía el pasillo hacia la colonia (muy lejos de donde me encontraba) y un cielo oscurecido por las copas y lianas de los árboles gigantes y transpirados por la gran lluvia, el diluvio que me sorprendió a la mañana del segundo día, y que no daba indicios de cese.”

“Ahora trataba de crear un verso en mi cabeza, intentando alejarme de toda la misión, y plasmarlo en mi librito. Pues pude imaginarme algo, y lo escribí, y este fue el resultado, el único poema de ese librito que realmente tengo en mi corazón:

Voces en el alba

Caminando por la oscuridad

Tus ojos iluminan la credulidad

De las hojas al notar ningún mal

Y escuchas crepitar mis sueños…

No hay ciegos en el amanecer

No hay alba sin desmerecer

Si ríes, talvez te pierdas

Un gran segundo de tierra.

Un fuego orgulloso

Un círculo crepuscular

Una llama encantada

Le dan placer al pequeño ruiseñor.

Y entre chismes y semblanzas

Te dispones a cantar tu pena

Pues supe contrarrestarla

Con el sonido de mi guitarra.

Seguimos llegando

Pero nunca llegamos

Hagamos que el viaje

No haya sido en vano.

En las figuras de nuestros cuerpos

Erguida aparece mi alma

Que hoy se desvela y desarma

Por el recuerdo de mis abuelos.”

“Ya era tiempo de dejar el recreo, y volver a la posición normal, igual que antes, no muy cerca del borde, así el rifle no se visualizaba desde allí abajo, desde las chozas altas.”

“El cansancio, la lluvia, el calor, todos los harapos que tenía puestos, el rifle, resbaloso enemigo y amigo, todo sumó, a que me durmiera de vuelta. Esa vez, no pude recordar lo que soñé, pero pude distinguir al despertar, que el cielo ya no era negro, si no que ya se podían ver líneas de rojo y amarillo, junto al marrón oscuro, al verde naturaleza de la selva. Mi cuerpo, seguía dolorido por la caída de horas atrás, por la búsqueda de esos frutos rojos con forma de pera (que igual no eran peras).”

“Miré hacia mi alrededor, empezando por el cielo (ahí pude distinguir los colores). Después del análisis sobre el amanecer, un sonido filoso y sepulcral, una vibración eterna y estrepitosa, una melodía inexistente pero enamoradiza, sucumbió mis sentidos hasta darme cuenta de lo que sucedía, los tambores habían empezado, y se hundían las miles de manos de los aldeanos en esos instrumentos magníficos y horripilantes.”

“Cuando estreché mi mirada hacia la aldea, allí abajo, todos estaban dirigiendo su mirada hacia mi, y en su organización (tambores, atrás, soldados en el medio, y el jefe en la otra punta, gritando) resaltaban lanzas y palos y gritos y alaridos y llantos…”

“Yo quedé paralizado, boca abierta al calor y al suspenso, y vi como el jefe, al adelantarse, provocaba un movimiento en los demás, y cada vez estaba mas cerca, aunque debía bordear la cornisa para poder llegar hasta mi posición.”

“Se seguían acercando, y ahora la tribu respondía al grito principal y limpio de su jefe. Con unos ojos penetrantes, toda esa gente me veía a mi, acostado, con la cabeza envuelta en ese sombrero, con el rifle en la mano y cada vez mas cerca de ellos.”

“Me preguntaba: ¿Cómo habrían hecho para descubrirme? ¿O habrá sido la razón, algo que hice yo?”

“No eran tiempos para preguntas, así que tuve que apurarme en la escapatoria…”

“Di un salto agigantado por la situación, incontrolable y extrema, y me eché a correr por donde había llegado, el pasillo de altas paredes, cubierto por una cama de hojas fantasmagóricas y enormes. El pasillo descendía y serpenteaba lentamente, hasta que a varios minutos de tomarlo, se iba ensanchando hasta conectarse con el lecho de un río, entonces ahí debía tomar hacia la izquierda, donde la selva continuaba, con senderos entre troncos y plantas y criaturas típicas. Cruzar el río era ir directamente hacia la aldea, y eso no era lo que quería, el río no era hondo, y se podía cruzar a pie y, obviamente, a pasos de caballo. Del otro lado, un espejo de lo que veía a mi izquierda, con árboles y senderos, con tambores danzantes a lo lejos, pero no tan lejos.”

“Tomé hacia la izquierda, por el medio de los árboles, con toda mi rapidez, yo sin mi camuflaje, con el rifle en la mano, y el sombrero bailando en mi cabeza en cada salto. Tuve que saltar árboles caídos, esquivar frutos caídos y alguna que otra serpiente, pero nunca miré hacia atrás, el paisaje no cambiaba, y enfrente mío veía siempre lo mismo, árboles, muchos, separados por poco.”

“Escuchaba gritos, alaridos, algún insulto que les daba placer y rabia al mismo tiempo. Nunca una lanza se me acercó, nunca una piedra o un palo o proyectil me alcanzó. Ellos siguieron estando lejos, hasta que el paisaje repetitivo se terminó, y una luz cegadora me hizo encontrarme con una cornisa (mucho más grande que la que habité por tres días) cuya caída pude evitar tomando fuerza de una rama larga y áspera, mi cuerpo rebotó contra el borde del abismo, largo, grande y devastador, donde, allí abajo, me esperaba el río, que giraba justo en esa posición.”

“Me apuré con lo que me restaba de energía, y salté hacia la selva de nuevo, donde ya no se oían los gritos y tambores, no se sentía el temblor de mil pies descalzos correr y saltar, estallando contra el suelo.”

“Bajo una hoja que me reparaba de los insectos, apoyé mi espalda sobre un tronco, y decidí esconderme ahí por un tiempo, y tratar de recuperar energías, tuve la suerte de que me había sobrado un fruto de aquellos, parecidos a las peras. Ya había pasado el mediodía, y el calor se hacía sentir, duro, húmedo, fervoroso…”

“Me puse a pensar, a preguntarme, ¿Cómo habrían hecho para descifrar mi escondite?”

“Era una incógnita, por que al arribar al lugar, a la cornisa, ideé la manera de no ser visto, pero al mismo tiempo tener el amplio espacio como para poder espiar, investigar, disparar, etc.”

“Pero bueno, razoné mucho tiempo, y se iba haciendo tarde, los animales no se acercaban, tampoco los insectos, parecía que la misma naturaleza se aterraba de mi simple presencia…”

Una fuerte tos, proveniente de las entrañas del viejo Domingo, demostró el polvo que rodeaba su biblioteca antigua, que, como dije antes, era una mina de oro. Esto proclamó el final del cuento.

Con los chicos estábamos impresionados. Por su figura, de la que nos reíamos tanto y burlábamos. Su inmensa joroba, sus lentes gruesos y con aumento como para ver la luna de cerca, su bigote chato y sus pocos pelos engominados hacia la colina de su espalda.

Dentro de ese caparazón burlado y desprestigiado a veces, yacía una conciencia de viajes, libros, experiencias horrorosas, hallazgos, llantos, amores perdidos, hijos, hijas, nietos y sobrinos, ni hablar de los cuentos que nos había contado mi hermano sobre sus locos primos.


-¿Quien es el autor, Domingo?- Preguntó Juan Cruz

-Khimön era su nombre, y el cuento se llama “Rumores en la selva”- Respondió con sombría voz, cansada y apagada.

-¿Quieren escuchar otro?- Preguntó simpático Domingo.

Decidimos no hacerlo, estábamos cansados. Nos fuimos caminando todos juntos, los 10, e íbamos quedando menos al llegar a mi casa, hasta que quedamos, como siempre en nuestras andanzas, Martin y yo, y seguimos con la charla.

-Mañana tenemos que volver, quiero escuchar mas cuentos de el viejo, ¡que bueno estar en verano!- Dijo Martin, lo recuerdo con exactitud.

-Yo también quiero ir- Le respondí, tranquilo, pateando una piedrita.

Sellamos la conversación en la puerta de mi casa, y Martin, que vive en frente, me dio la mano, la acepté como siempre, y cada uno a lo suyo. Al otro día, esperamos con ansiedad la noche, y al fin llegó…

Nos sentamos en ronda, alrededor del sillón delante de los libros y las estanterías. Desde que empezamos a escuchar esos cuentos, Domingo empezó a caernos mejor. Que raro, lo malvados que éramos con el, sin saber como era.

Domingo ya estaba allí, con un par de libros, y sus cuentos señalados con medias y sobres y cartas.

-Buenas noches, jóvenes- Nos recibió de esa manera.- ¿Qué quieren escuchar?- Preguntó tranquilo.

-Algo de Khimön, de vuelta, por favor Domingo- Pidió Juan Cruz.

-Está bien, ahí va algo muy cortito- Dijo, entre los labios colgaba una pipa, nunca encendida.

“Y un día volví a casa, y estaba todo bastante igual, pero dejado, oxidado, viejo. Hace dos años que las moscas descansaban ahí, y yo no tuve el coraje de adentrarme antes de la fecha. Llegué al living, donde en la mesa seguía un plato y un vino vacío, un vaso vacío lleno de dedos, y un millón de cartas desparramadas. Todo normal.

Pasaba por mi cabeza la conformidad de que todo había quedado como lo dejé, hasta que arribé a la habitación principal.

La cama abierta, las sabanas arrugadas, pero sin mancha alguna. La persiana dejaba grietas de luz y un velo de polvo llenaba la escena de incertidumbre. La guitarra, ya destrozada, sin alma y partida en dos sobre el sillón, iluminada por un sol duro de invierno. El armario desarmado, sin ropas dentro.

La guitarra se me fue, y eso fue lo único que movió mis sentidos. “

-¿Listo?- Preguntó Nacho, con cara de sorprendido.

-Era su manera de escribir- respondió Domingo.

Esperando a que algo salga de su boca, nos quedamos estupefactos a lo que siguió. Empezó a cantar una canción, que, viniendo al caso, rompió el hielo del silencio y nos dejó maravillados, me acuerdo como se me erizó la piel al final de su melodía.

Terminó su canción, tarareando la melodía, y calló por entre su sillón, agachando su cabeza lentamente.

¡Atónitos!

-Luis Alberto Spinetta-Dijo.

-Barro Tal Vez-

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro.
He de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque solo quede tiempo en mi lugar.

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez....
Y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar.

Ya me apuran los momentos
ya mi sien es un lamento.
Mi cerebro escupe ya el final del historial
del comienzo que tal vez reemprenderá.

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.


Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez...

Y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar.

Tomó poder de un libro de tapa roja, mas bien color tierra, con las hojas destruidas pero leíbles, y empezó a narrarnos:

“-Capitán, alerta a bordo- gritó Allman, mientras abría la puerta del camarote de Edmund Jones, capitán del Ala Triste, barco de pesca de la empresa Jones Fishing Company. El capitán despertó de su siesta nocturna, como siempre había sido: dormía vestido, sobre una cama dura y olorosa, pero al mismo tiempo fiel y con resultados. Usaba de almohada unos viejos diarios que siempre servían de algo en el barco, y cuando Allman lo despertó, la pila de diarios viejos se despedazó y voló por toda la sala. Jones se puso las botas, ya que era lo único que se sacaba para dormir su nocturna siesta, y corrió hacia fuera del camarote.

-Capitán, mire- Allman señala el piso del barco, especialmente una mancha negra gigante cerca de la borda. Jones se acercó, se agachó y miró atentamente y con una mirada muy profesional la mancha.

-Es tinta, pulpos- dijo muy seguro,-pero no entiendo como llegó esta mancha hasta aquí- dijo él. Era cierto, fue un episodio muy raro para esa época del año, cuando los pulpos no se pescaban ni se encontraban con frecuencia en los confines del océano.

-Será mejor que entres, chico- refiriéndose a Allman,- Marcus y yo nos encargaremos de todo, ve a descansar, chico. Marcus, ven-. De atrás del único camarote del barco apareció un chico alto, joven y poco inútil para su escasa experiencia como hombre de mar, y que, según Jones, va a ser el próximo capitán del Ala Triste cuando él se retire. Marcus trajo con él un trapo mojado y ayudó a Jones a limpiar la mancha.

Como siempre dijo Jones:” un barco limpio trae pesca”. Cuando terminaron de limpiar, se sentaron en la borda. La marea estaba baja y el mar estaba calmo. Ambos lentamente fueron gozando de un habano que el capitán había ganado en una partida de póquer.

- Hace mucho que lo tengo guardado, pero espero que siga siendo el mismo- dijo, con un tono de orgullo en su sonrisa.

- ¿Puedo hacerle una pregunta, Capitán?- dijo interesado.

- Por supuesto, adelante- respondió el capitán.

- ¿Cómo fue que terminó creando esta empresa de pesca?-.

- Verás, chico, que hace muchos años ya, todo era diferente a lo actual. La gente no solo pescaba y navegaba por dinero, como yo hacia también en esas épocas, había algo mas. Un placer por ver el horizonte unirse con el mar, por ver salir y bajar el sol hacia la otra parte del mundo. Era hermoso cuando te despertabas a la mañana temprano y veías a tu mujer preparando el desayuno y a tus niños a punto de levantarse para ayudarte en el barco.- Hubo un silencio en el barco, cuando ya se veía la luna por entre las nubes.

- Pero de pronto, tus amigos se van, tu familia te abandona, y tu soledad te empieza a matar, también como la muerte, que tan callada se acerca. Creé esta empresa para hacer lo que siempre me ha gustado desde chico, navegar, pescar y ser uno con el barco, simplemente trabajar por trabajar.-

Marcus se quedó pasmado por su filosofía, y después le serviría mucho cuando se hiciera cargo, después d muchos años, del Ala Triste. Terminaron de fumarse el habano, cuando aparece de vuelta Allman, ya descansado. Marcus se para y se despide.

-Bueno, ya es tiempo de que me vaya a descansar, hasta luego- Y se fue tranquilo a dormir a su cama, que esta situada al lado de la de su compañero Allman. Dormían por turnos, y cada vez que se despertaba alguno de los tres, otro se acostaba. El trabajo cansaba, y mucho. Se pescaba mucho en esa parte del océano atlántico.

- ¿De que hablaban?- Preguntó intrigado por la larga conversación que les tomó mas de dos horas.

- De nada, pesca- Respondió para darle ningún poder sobre él, ya que Allman era muy eficiente en el trabajo, pero muy terco en lo demás.

Ricky Allman era un chico joven y petizo, que había caído en la vida del capitán de pura coincidencia, cuando este lo cruzó corriendo con un par de manzanas que había robado de un mercado del centro de la ciudad. Tenía poco interés por sus propios intereses, y bastaba con un robo por día para satisfacer sus necesidades. Era pobre, dormía en la calle, y Jones le dio una oportunidad, ya que le faltaban hombres para el Ala Triste, y lo educó en el tema del mar y la pesca. Jones nunca se arrepintió de haberle enseñado todos sus trucos y secretos de pesca, ya que fue muy eficiente durante toda su vida y pudo seguir con la suya, después de retirado de la pesca el capitán Jones.

Se quedaron velando toda la noche, ya que Marcus durmió todo el tiempo, y cuando ya se había despertado, Jones y Allman estaban subiendo la red, llena de Pulpos.

- Demonios-dijo Jones- sucedió como esperaba, volvieron los pulpos-.

- Buen día ¿Hago café?- preguntó Marcus.

- Como no ¿tu quieres, Allman?- pregunto Jones

- Si, por supuesto- respondió, mientras mataba a los pocos pulpos que quedaban vivos.

Marcus hizo caso, y fue a preparar tres tazas de café negro, ya que se había terminado el azúcar hace un mes. El sol acaba de salir.

- Es un lindo día el de hoy- dijo Allman

- Si, ya hemos estado mucho tiempo a bordo sin tocar tierra. Mañana volveremos a la mañana- dijo cansado el capitán Jones.

Marcus abrió la puerta del camarote y trajo con él tres tazas de café amargo.

Hizo calor por horas, hasta que el viento trajo las nubes y las nubes lluvia. Los tres se quedaron esperando a que se fuera la llovizna y volvieron a lo suyo. Saltearon el almuerzo. Llegó la cena, y el capitán preparó un pulpo pequeño que había sobrado de la pesca del día anterior.

- Delicioso, capitán- dijo Marcus, deleitado por el plato suculento y caliente que preparó su jefe.

- Gracias, chico- respondió el capitán.

- ¿Quieres que prepare todo para mañana?- preguntó Allman, que siempre se encargaba de preparar la mercadería para llevarla al mercado lo mas limpia y ordenada posible. Ahí, se encargaría de venderla a los distintos puesteros de la ciudad.

- Si, adelante, yo dormiré un rato y después te ayudaré- respondió, justo antes de pegar la vuelta atrás y simplemente sacarse sus botas y acomodarse en la cama.

Los turnos siguieron como siempre, y Marcus durmió mucho menos que la vez anterior. Esa noche, nadie habló. En el barco, la única luz que se veía era la de los fósforos que prendía y apagaba el capitán en su pipa. La noche se calmó. Por suerte, los tiempos de mareas altas ya habían pasado y el mar nunca estaba alterado.

Y a la mañana temprano, el único que estaba despierto era el capitán Jones, ya que Marcus amaneció durmiendo en la hamaca que él mismo había puesto afuera del camarote y Allman seguía durmiendo en su cama.

El capitán Edmund Jones viró hacia el sur y volvieron antes del mediodía a la costa cubana. Llegaron al puerto donde siempre dejan el barco Ala Triste, en el pequeño establecimiento donde vive El capitán Jones y Marcus, y también donde se encuentra la sede de la Jones Fishing Company. Era una casita de cemento y techos de chapa, capaces de resistir todo viento posible y tormenta, donde se administraba la compañía y donde vivían Marcus y el capitán Jones.

- Bueno, aquí nos quedamos- dijo el capitán Jones, bajándose del barco con Marcus. Al lado de la casa, esperaba la esposa de Allman en su carreta, para ayudarlo a llevar la mercancía al mercado.

- Nos vemos en tres días- dijo el capitán Jones.

Mientras la imagen de Allman y su esposa en la carreta llena de pulpos se iba desvaneciendo entre la gente y la bruma de la ciudad, el capitán Jones y Marcus se quedaron charlando afuera de su casa. Entraron a la casa. En la primera parte de la casa se encuentra la parte administrativa, y al lado una puerta lleva a la cocina, donde también se encuentran las dos camas y el baño en otra puerta. Dejaron sus cosas, se bañaron y Marcus propuso ir al bar, el Capitán aceptó.

- Vamos, capitán, yo invito- dijo Marcus, abriendo la puerta que apunta hacia la calle.

Ambos tuvieron una conversación interesante y con fluidez, como siempre hacían cada vez que llegaban al puerto.

- Nos fue bien esta vez- resumió Marcus.

- Si, realmente, pero me quedó la duda de los pulpos. Es muy raro en esta época.- respondió Jones.

Terminaron de beberse su habitual vaso de ron, pagó Marcus y volvieron a la casa a dormir. Siempre los tres días fueron iguales: Descanso, absoluto descanso. Se trataba de hacer todo lo que no involucrara esfuerzos, para así guardar fuerzas para la reembarcación. Siempre se iban una semana y volvían tres días, hasta las fiestas, cuando no trabajaban en el mar sino vendían lo que sobraba.

El capitán Jones y Marcus tuvieron unos grandiosos tres días, comieron bien y descansaron como nunca. Ahora, vuelta al barco.

Ese día, cuando debían partir, el capitán Jones y Marcus estaban esperando a Allman, cuando éste llegó con un hombre más.

- Buen día, muchachos- dijo y les extendió la mano a los dos

- El es John, mi hermano- dijo, abrazándolo.

- Bueno, hola John- le dijo intrigado el capitán Jones.

El capitán Jones y Marcus nunca habían visto a este chico, y tenían sus dudas. Pero se emprendieron igual al viaje, sin problemas. John era un hombre eficiente y útil para los quehaceres del barco. Limpiaba, cocinaba y lavaba la ropa, y muy bien. Pero le llegó la experiencia al tercer día en el barco, cuando se vino la tormenta. John ya había mostrado sensaciones de mareo por el ida y vuelta con la marea del barco, aunque el Ala Triste siempre fue un barco muy seguro y nunca fue de moverse muy fuerte como para incomodar, además que los tripulantes ya tenían experiencia.

El capitán Jones estaba juntando las redes con Marcus y Allman, cuando de repente, hizo una pausa, miro al cielo y fue a izar la bandera de la compañía que estaba en el mástil del barco. Se notaba que el viento era fuerte, pero como no había una nube en el cielo, era raro pensar que podría acercarse una lluvia.

- Muchachos-dijo Jones- se viene una tremenda tormenta, a apurarse-.

Los tres hicieron caso, y John, que estaba barriendo la borda, le preguntó al hermano que era lo que pasaba.

- Ricky ¿Qué pasa?- preguntó guardando la escoba y el trapo mojado

- Nada, John ¡Solo apúrate, mierda!- dijo Allman, mientras se recuperaba de una caída. John estaba blanco. El barco se movía más fuerte que lo normal, y los otros tres hombres del barco no tenían miedo alguno. Se acostaron los cuatro en el camarote, y se pusieron a charlar hasta que pasara.

En un momento, el barco dio un vaivén de golpes contra el mar que los tripulantes saltaron automáticamente de sus camas y volvieron a caer, esta vez un poco golpeados, nada más. John no lo podía creer.

- ¡Volvamos, por favor, se los pido!- gritaba una y otra vez, asustado.

Cuando todo pasó, y la tormenta fue disminuyendo con las horas, John ya había vomitado la cena ya dos veces, y la fiebre se le aumentaba. Se puede decir que fue un momento vergonzoso y al mismo tiempo fuerte y serio. Por el resto de los días, John se la paso en la cama, asustado. Se vinieron días de pulpos, cada vez más, y hubo que volver antes de lo pactado por que no entraban más en la embarcación, lo que trajo felicidad y más dinero para los tres. John estaba mejor, y el mar también. Volvió a salir del camarote, ahora limpio y ordenado. Cuando llegaron, no estaba la esposa de Allman, porque se vino más temprano que siempre, pero si estaba la carreta, porque Allman siempre la dejaba ahí. Fue la última vez que vieron a John Allman.

- Ahí se va un chico sin experiencia- dijo el capitán Jones, mientras la carreta iba, desbordada de pulpos otra vez, por el medio de la civilización.

- Vamos, capitán. Yo invito- insistió Marcus.

Los dos siguieron la misma senda que siempre hacían para llegar a su bar característico, llamado “El Viejo Pop”. Ahí se sentaban en la barra, y trataban de estar siempre en el mismo lugar, y de pedir siempre lo mismo: Ron. El capitán Jones terminó su primer trago como si fuera la primera gota de vino después de cruzar el desierto.

- Exquisito,- dijo con un tono de relajación y hasta júbilo- tengo que contarte algo serio. He tenido un sueño muy malo, pero nunca logro terminarlo, siempre me despierto en el mismo momento-. Ahora las cosas iban poniéndose interesantes, y Marcus lo miró a los ojos, como siempre lo hacia cuando el capitán tenía algo bueno que decir.

- Como fue su sueño, capitán. Joe, una ronda más, por favor- dijo tratando de no aligerar las cosas.

- Estábamos sentados en la proa, cuando por el horizonte, venia una mancha negra aproximándose a velocidad sobre el mar, pero no sé que era, y justo cuando te advierto de lo que pasa, la mancha ya estaba llegando al barco, y ahí es cuando me despierto. No sé, pero lo he tenido hace días ya.- dijo, cuando al mismo tiempo Marcus le pagaba a Joe los tragos.

- Vamos, capitán. Hay que dormir bien- dijo, y ambos se fueron juntos caminando hacia el puerto, donde se encontraba la casa. Llegaron, se acostaron. El capitán Jones se quedó pensativo, siguió nadando en sus pensamientos, en el sueño del barco y en su familia, ya desaparecida.

- Buenas noches, Marcus- dijo el capitán Jones, acomodándose en su cama. La noche era fría y el día, caliente. Todo parecía ir bien.

- ¡Capitán, despierte ya! Llegó el dinero- decía Marcus mientras le insistía al capitán a que se levantase.

- ¿Que pasa, chico?- dice molesto el capitán Jones

- Llegó el dinero, capitán- dijo y le abrió la puerta de la oficina, y ahí vio Jones a Allman trayendo cajas llenas de monedas de oro.

El capitán Jones se levantó de su cama celestial, que bien ha ayudado a sus dolores de cuello y espalda en muchas ocasiones, y se puso a ayudar a sus compañeros. Era el segundo día de descanso, cuando siempre llegaban las ganancias. Era el momento más feliz del descanso, cuando uno ve porque descansa, por eso. El dinero no es ni nunca sería la excusa del trabajo del capitán Jones. Los tres fueron a gastar algunas monedas, ya que esta ultima vez, el dinero se había triplicado.

- Me voy a comprar un lindo sombrero- dijo el Capitán Jones

- Vamos a comer a un restaurante lindo, Capitán. Los tres- Propuso Allman.

Aceptaron la propuesta, y se fueron a comer a una taberna muy pintoresca donde nadie iba, por el alto precio de sus platos. Comieron, bebieron y pasaron un buen rato los tres juntos. Después se separaron, Allman se fue a celebrar con su esposa y Marcus acompañó al capitán Jones a comprarse un sombrero de capitán. Edmund Jones siempre fue muy humilde, y nunca fue de gastar su dinero en cosas que no usaría. Volvieron a dormir.

La mañana del tercer día despertó con una tormenta fuerte. Un viento arrasador, un diluvio de esos que asustan. El capitán Jones despertó con hambre, tomó su café y despertó a Marcus.

- Chico, a embarcarse- le dijo mientras le traía el café con las tostadas que compraba en el mercado. Allman apareció después, solo. Los tres se sentaron alrededor de la mesa de la oficina a charlar. Decidieron esperar un día más para salir al mar.

- No quiero arriesgar sus vidas con este día- dijo el capitán Jones. Y hablaba sabiamente, ya que ese mismo día hubo tres naufragios al mismo tiempo.

- Esperemos que mañana sea un lindo día para volver al mar- dijo Jones.

- Si, ojalá- agregó Allman.

Y el otro día resulto caluroso y soleado, así que se embarcaron de vuelta al mediodía después de almorzar. La marea era alta, pero las olas no eran de asustar.

Marcharon a todo pulmón, pescaron pulpos otra vez los primeros 4 días. Y ahí aparecieron las dudas del capitán Jones sobre su sueño. Pensaba todo el día en eso. Creía que con el tiempo se iba a resolver todo, pero no fue así. A la noche, todo acabaría desapareciendo.

La ultima noche, el capitán Jones se quedó todo el tiempo sentado en la proa, pensando en ese sueño. Hasta que se hizo realidad.

- ¿Pasa algo, capitán?- preguntó Marcus

- El sueño, chico- respondió intrigado el capitán Jones.

Marcus se sentó al lado de Jones. Y ahí, pasó. Esa nube negra sobre el mar venía avanzando por el horizonte a una velocidad increíble. El capitán Jones empezó a sudar en seco, con un miedo impenetrable y feroz. Marcus se sintió en una habitación donde sus peores pesadillas se estaban volviendo reales. Silencio, solo silencio. La intriga de lo desconocido, la pesadilla al fin en la realidad, reflejada en los ojos y en la mente de Marcus y el capitán Jones.

La nube llegó a los talones del barco. Suspenso y terror eran como hermanos. Los dos se quedaron estupefactos, cuando la mancha negra sacudió el Ala triste de una manera impresionante. Marcus y el capitán Jones volaron por la borda cuando Allman salió del camarote. El Ala triste se elevó y los tripulantes salieron disparados al mar.

Cuando recuperaron el conocimiento, solo se veía el mástil del Ala triste y los pedazos del barco repartidos por todo el mar. Los tres lograron armar una balsa, y le dieron gracias a dios que estaban cerca de la costa. El susto no había pasado, pero eso ya no importaba. Del Ala Triste, no quedó nada. Fue desapareciendo poco a poco, mientras sus tripulantes volaban por los cielos hasta sumergirse en las tinieblas oscuras del mar.

Ya era de día en el último día antes de volver, y los tres impulsaban la balsa con sus piernas hacia el sur, esperando que algún barco los encontrara. Pero la esperanza no es una propiedad que era clave para el momento.

Pero la esperanza los ayudó, ya que el Capitán Jones seguía inspirando pasión y devoción por el mar, al remar y remar con lo que tenía, tratando de no hundir a los suyos.

- No tengan miedo, muchachos. Construiremos un nuevo Ala Triste, lo prometo- dijo el Capitán Jones.

Por el horizonte surgió un barco de vapor, que los llevó a la costa.

Afortunadamente, el capitán era amigo de Jones, y fueron bien hospitalizados arriba del barco. Esto serviría de lección.”

…La fría neblina llegaba desde la bahía, atravesando los bosques, y con ella, el viento, los pájaros y sus guaridas, la lluvia. Ya tenía que estar en la fábrica, y la calle y la llovizna retrasaban mi caminar lento y pausado, dado que tenía que esquivar ciertas carretas con caballos, bicicletas, etcétera.

Llegué, empecé en la cinta, a armar las distintas partes de algo que se ensamblaba y se transformaba en algo más grande, algo que nunca supe que fue ni era, y que nadie sabía. Sólo trabajábamos, esperando los céntimos miserables que apenas nos alcanzaban, y los que yo usaba para comprarle a Stella la comida.

La espalda está matándome, no hay pausas, y ya se ve la cara angustiada de todos mis compañeros, doloridos, anhelando la ultima hora, la campana de salvación, talvez un Mesías. Al frente mío, se hallaba el que sería mi gran amigo por años, Robert. El parecía hacer las cosas más fáciles, ya que era más joven y la energía de su vida no se había agotado o descendido a la mediocridad, como la mía y de muchos más. Ya que, al fin de todo, no era un mono más en esta jungla asquerosa, le gustaba el trabajo, pero eso no significaba que su cuerpo lo soportaba. Día tras día, hablábamos de cosas diferentes, del futuro y de mujeres, de quien ganaría el partido el domingo y si este trabajo insufrible nos llevaría a algún lado, más que a casa.

- Hoy le llevaré flores a esa chica- Me miró sonriendo y convenciéndose de que el efecto sobre la joven sería fatal, hablando de buena manera.

- Ten cuidado, Robert- Le dije- No te vayas a enamorar e irte, necesito alguien que me haga el trabajo más fácil, como tú-

Me miró y asintió con la cabeza, con unos ojos que siempre dieron inseguridad, hasta ese momento. Un compañero nuestro, un joven de 17 años, que había empezado hace poco, se desplomó sobre la cinta, y el trabajo se detuvo. El chico, casi un niño, quedó muerto entre el musgo, el vapor y el sudor.

Ahí, en ese mismo momento, los ojos, la cara de Robert en sí, también se fueron con el niño al mas allá. Parecía que su alma se había despegado del cuerpo, e instalado en el corazón del cuerpo del joven.

Y por segunda vez en mi vida ahí dentro, vi al vil y cruel burgués creador de esta pocilga que alimentaba solamente a sus refinados hijos, un cerdo del capitalismo, una palabra que se trababa en mi paladar.

- Otro mas- Dijo, mirando el cuerpo asombrado

- ¡Vuelvan a trabajar, vagos sin piel!- Gritó, y el trabajo volvió a una normalidad sin paz, ya que ese momento no fue benéfico para nadie.

De vuelta a casa, mi espalda ardía, y mis pies estaban distribuidos en la cama, descalzos, tratando de recibir un consuelo. Con Robert nos habíamos separado, ay que nos veríamos en el bar a la noche. Era un atardecer rosa y naranja, vestido de muerte. Era mi tiempo para ir al cementerio.

Pude bañarme con lo que pude, y dejé unas frutas para que Stella comiera cuando vuelva de la casa donde servía. Cerré la casa, dejé un candil prendido, arriba de la puerta, para poder identificarla en mi vuelta a casa. Caminé en sentido contrario a la fábrica, hacia el centro del poblado, ya que vivía en las afueras, y tenía que llegar a pie a todos lados. El frío llenaba mi saco de escarcha, y mi cabeza, todavía mojada, parecía el continente blanco. Pero eso no me importaba, estaba mejor ahora, el baño siempre dejaba mi cuerpo de fábrica guardado hasta la mañana, y ahí era cuando el verdadero John Tow entraba en acción.

Llegué al cementerio del pueblo, a mitad del camino, y entré a buscar la tumba de James, una de las más cercanas. Y ahí estaba, todos los miércoles iba a verlo, y siempre estaba igual, solo un poco más sucia, y verde.

Me senté al lado de ella, a fumar un cigarrillo, y mientras el humo dejaba su arte en el aire, me puse a pensar sobre como hubiera sido nuestra vida si no hubiera muerto, pero era imposible. Y entre el llanto y la rabia, la bronca, el instinto animal dentro de nosotros, dejé el cementerio.

Ya estaba llegando al bar de Ricky James, cuando escucho un tumulto grande adentro, y llegó a mi cabeza lo que me había dicho Robert antes de la desgracia del niño, las flores a la moza del bar.

Dicho y hecho, una ronda gigantesca pero apretujada por los insultos, las apuestas y los escupitajos hacia el centro, ocultaba la flaca pero poderosa figura de Robert, siendo aplastado por el cuerpo de Jimmy Conigan, quien decía haber sido ultrajado por mi amigo, suponiendo que le había robado la novia, mentira.

- Jimmy, no es tu novia- Le decía, apelmazado en el piso de tierra y sangre, golpeado, cortado, escupido y sin dignidad.

- Mentira, mientes, sucio pobre idiota…- Y una ráfaga más de insultos, cuando irrumpí la pelea, arremetiéndolo contra la barra, con un puñetazo en la cara, y dije:

- ¡Ahora!- Quería controlar la situación, sabiendo que la gente me respetaba- ¿Es ella tu novia?- Le pregunté, señalando a una acurrucada de miedo, la joven sobre una esquina de la barra, llorando con unas flores en sus brazos.

- John, espera…- El miedo realmente se penetró en su cuerpo

- No espero ni tres cuartos de segundo, responde-

- No- Dijo, avergonzado.

- Bien, entonces, quiero que lo lleves al doctor, a curarle las heridas, has ganado con los puños, pero no la dama- La gente estaba eufórica, y yo tampoco creía lo que estaba haciendo, aunque ya había interrumpido ciertos disturbios y resuelto algunos problemas.

La mujer de la barra corrió y ayudo a Jimmy a llevarlo a Robert al doctor, y yo le grité: “Suerte, amigo, recupérate”, y el movió la cabeza con lentitud, sonriendo y sudando.

La noche pasó rápido, y como los jueves no había trabajo en la fábrica (había otro turno), me quedé toda la noche merodeando por el pueblo, sin mucho que ver, hasta que por un callejón sin salida las encontré, las flores mas bellas que había visto, entre toda la inmensidad de la estupidez y suciedad que ahora nos rodea, la pobreza sin sentido y los cerdos alimentándose de nuestros cuerpos.

Eran un sueño, yo nunca antes había visto tal espectáculo, y no podía arrancarlas porque me parecía un crimen. Era una enredadera sobre una pared grande, que construía una sombra sobre una casa de balcones altos.

Después volví a casa, y el candil ya estaba apagado, el amanecer estaba en la puerta. Entré, y encontré a Stella, con su perfecto cuerpo desnudo, sobre la cama, durmiendo pacíficamente. Un verdadero alivio y un reconfortante placer, volver a casa y descansar junto al calor de tu amor.

Me desvestí lentamente y no hice ruido alguno, pero ella me conoce más que yo a mi mismo.

-Viniste temprano- Me dijo mientras me deslizaba sobre la cama, caliente.

- Vuelve a dormir, mi amor- Le dije y besé su frente.

Esa mañana, no pude dormir, me venía a la mente el cuerpo del chico, muy cerca de mí, despedazado sobre la cinta, desparramando un sueño perdido, una lastima inefable, un dolor inflamable, y el sol entrando por los agujeros de la ventana.

Y cuando cerraba los ojos por pequeños minutos, llegaba, en esos instantes, a soñar que yo era Robert, y que miraba a mi cuerpo sucederle lo mismo que al niño.

Me despertaba desesperado, transpirado, hasta que al fin pude dormir unas horas. Ya era el mediodía, y me levanté a hacer el almuerzo, algunas verduras hervidas que compartiría en la mesa con Stella, todavía durmiendo.

Entonces, apareció ella. Yo ya había hecho la comida, y nos sentamos a comer y a hablar sobre nuestro día.

-Ayer vi morir un chico mas joven que yo-

-Ayer vi como golpeaban a Robert-

Etc.

Le conté el día entero, hasta mi sueño. Entonces, un silencio cubrió la mesa, y solo el sonido de los cubiertos adornaba la casa de misterio.

-También conocí unas flores hermosas, que me tuvieron pensando por largas horas- Le dije, y ante el final de mis palabras, lo único que me dijo fue:

- Muy bien; entonces, llevame a verlas- .

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